NUMERO 108 - mayo

Relato


¿Qué vamos a hacer cuando volvamos a la fábrica y falte uno de nosotros?

En un banco de la plaza principal, Raúl lanzaba aquella pregunta al vacío y continuaba absorto en la nada misma. Pensaba en muchas cosas y al mismo tiempo no pensaba en nada. Lo único que hacía era repasar en su cabeza aquel viernes en la fábrica, el agotador calor de aquel otoño distorsionado, el mal presentimiento que lo había envuelto aquella tarde obligándolo a refugiarse de la vista de sus otros compañeros en busca de un poco de tranquilidad. El ruido de siempre, los gritos de todos los días, el olor penetrante a azúcar y miel que se llevaban en la piel de vuelta a sus casas.

Ese viernes salió un poco más tarde y se despidió de todos; o al menos de los más allegados. Pablo, con su sonrisa y su baja estatura, bromeo con él; se conocían desde que entraron a trabajar, casi treinta años atrás, y habían compartido innumerables reuniones y fiestas. El hombrecillo le recordó a Raúl que el día del trabajador se aproximaba y que aún no habían hecho planes; tenían un fin de semana largo por delante y debían aprovecharlo. Quedaron en ponerse en contacto con los demás y, sin más, se despidieron.

El sábado transcurrió sin mayores particularidades, pero aquella extraña sensación que había sentido el día anterior apenas lo había abandonado. Visitó a su madre, pensando que quizás la encontraría enferma; pero la anciana se encontraba mejor que él. Sus hijos estaban bien, así que no era ese el problema. Conversó con uno de ellos acerca de este “presentimiento” que lo atravesaba e inquietaba, pero no logró aliviar el malestar. Decidió restarle importancia y disfrutar con su familia del descanso.

Ese domingo fue arrancado estrepitosamente de su sueño por el sonido del teléfono. Era Juan, su amigo más cercano en la fábrica: “Hermano, Pablo murió. Todavía está en el hospital.” Y mientras del otro lado terminaban la llamada, los tonos del teléfono parecían introducir a Raúl en un trance arremolinado e infinito. Le avisó a su esposa y salió de la casa rumbo al hospital. Se encontró con otros amigos, la familia de Pablo y algunos conocidos suyos. El diagnóstico era irremediable: un infarto. Y mientras todos murmuraban y susurraban, intentó recordar los momentos que pasaron juntos aquella semana: ¿Había estado enfermo y no lo notó? ¿Dijo algo? ¿Se quejó de algún dolor? No obtenía respuestas de su memoria.

Al velorio fueron todos los trabajadores de la fábrica. Algunos todavía no podían creer lo que había pasado. Otros comentaban que lo habían visto cansado, y unos tantos lamentaban su pérdida. Entre los amigos, el silencio aturdía como si estuvieran en una película de la cual no eran protagonistas. Todo era irreal. Lo único real para ellos era ese aroma dulce de las flores que irrumpía en sus olfatos, y buscaba reemplazar el cotidiano aroma a miel caliente.

De camino al cementerio, Raúl se quedó en la plaza. De a poco comenzaba a deshacerse de aquel hechizo que se había apoderado de su persona cuando el día anterior colgó el teléfono. ¿Qué va a pasar cuando veamos ese lugar vacío? ¿qué voy a hacer cuando vuelva a trabajar?

Los ojos se le llenaron de lágrimas que contuvo con esfuerzo. En la fábrica, solo era un eslabón más de una cadena inmensa de trabajadores. Era simplemente una abeja obrera, nada más. Y nunca había sentido como ahora la finitud de su vida, lo efímero de su existencia y de todos a su alrededor. Un par de días atrás había hecho planes con su amigo. Hoy lo despidió para siempre. 

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Ana Paula Villagra Roldán es estudiante de medicina de la Universidad Nacional de Tucumán. Socio activo de la Sociedad Científica de Estudiantes de Medicina de Tucumán. Miembro del grupo “Medicina Narrativa FM-UNT”, perteneciente a la cátedra de Antropología Médica (UNT). Integrante de la cuerda de Sopranos del Coro de la Facultad de Medicina- UNT.