NUMERO 109 - julio

Relato

 

El doctor murmura nombres de medicamentos que no logro comprender. Escribe rápido y con esa característica letra ininteligible que todo el mundo detesta; mientras, lo miro fijamente y con ansiedad. Espero algún tipo de respuesta, pero me evade con la mirada, se esconde detrás de esos anteojos de armazón pesado, muy pasados de moda. “Disculpe doctor…” ensayo la frase y él deja de escribir, pero sigue con la vista fija en la receta. Unos segundos después continúa con la misma mecánica acción, como si mis palabras no hubiesen sido más que un mosquito molesto cerca de su oído. “Disculpe ¿Me podría explicar qué tiene mi padre?” Esta vez mi tono es diferente, y él lo nota. Al fin, advertido de mi pequeña presencia, suelta su Parker, grabada con pequeños adornos en oro, al lado del recetario, y me observa.

               La mirada suele transmitir junto con el lenguaje corporal todo aquello que se intenta esconder con palabras.  Su postura lo traiciona; se echa hacia atrás en su sillón grande y de cuero negro, levanta la barbilla en alto y coloca las manos en ambos posa brazos. El poder que denota cada gesto me molesta sobremanera. Mi butaca está a una altura menor y es también mucho más pequeña. Al principio de la consulta, cuando quise preguntar por el estado de mi padre recién salido de una internación de varios días, no podía encontrar comodidad alguna en aquel asiento, situación que al doctor tampoco pareció importarle pues inmediatamente echó mano a los estudios que llevé y se puso a leerlos uno por uno. Sospeché que él había dispuesto todo el lugar para que así se desarrollaran las consultas siempre.

               Una sonrisa forzada junto con aquellos ojos oscuros en actitud severa, me miraban como si hubiese cometido una falta inadmisible. Una actitud que rompió con su sagrado ritual de escribir concienzudamente los medicamentos con letra elegante, pero indescifrable, la dosis correcta y todos los detalles del tratamiento ¿Quién era este ínfimo plebeyo que, en busca de la sabiduría del famoso doctor, se atreve a cuestionar su modo de llevar la consulta? “¿Qué es lo que quieres saber hijo?” me contesta con una pregunta cargada de fastidio como la de un padre cuando un niño cuestiona, muchas veces seguidas, el porqué de las cosas. “¿Se recuperará mi padre doctor?”, repito, con el corazón en la boca, intentando mantener la compostura, pero mi inconsciente me traiciona y mi voz se quiebra antes de terminar la frase. “Me podría decir qué es lo que tiene. Me recomendó su colega el doctor…” intento nuevamente con fingida firmeza.

              Me corta en seco con un “sí, estoy al tanto”. Le incomoda el nombre de su par en su propio reino. “Mirá, no deberías preocuparte demasiado. No lo hemos detectado a tiempo, pero todavía puede solucionarse. Que siga las indicaciones que te doy acá y vuelva en cuarenta días para ver si el tratamiento ha comenzado a dar frutos”. Seco y contundente, sin más explicaciones. Las necesito y no estoy dispuesto a retirarme sin algo que me satisfaga mínimamente, una respuesta que, aunque sea fatídica, termine con la incertidumbre dolorosa de los últimos días. “Pero… ¿qué es lo que tiene?”, repito con tono apaciguado, y una chispa de impaciencia se cuela en mis palabras. Quizás mostrándome servicial o hasta sumiso, se digne el rey a bajar de su trono para hablar abiertamente.

               Mi actitud parece dar frutos pues el famoso doctor se endereza en su asiento y cruza una pierna sobre la otra, más relajado. Entonces toma uno de los estudios del viejo, más concretamente el de la resonancia y, entornando los anteojos para enfocar las gruesas lentes en alguna parte específica del documento, me mira luego por sobre los mismos. Y, con aristocrática displicencia, me responde, “la resonancia, junto con la tomografía axial computada y el examen radiológico que recién se hizo su padre, muestran una masa sólida heterogénea en el polo superior del riñón derecho. Tenemos una fuerte sospecha diagnóstica. Con los resultados de la biopsia y de la posterior estadificación, tomaremos una decisión.” Se traba antes de terminar y pienso que, sobre la marcha, decidió guardarse alguna palabra.

               Mi paciencia rompe el límite, pero me contengo apretando fuertemente los dientes. El gesto no pasa desapercibido, y una leve sorpresa encandila la altiva mirada de mi interlocutor. “Ah, pero muchas gracias doctor, después de traer al viejo a cuestas, esperar casi una hora para una radiografía y otra más hasta que usted llegó al consultorio y veinte minutos más de regalo,  mientras usted leía todos los estudios, sin emitir una sola palabra, me desayuno con esto que básicamente suena a – Está todo mal, pero quizás todo esté bien- Su secretaria olvidó entregarme el traductor de términos médicos, ya que usted parece creer que yo comprendí perfectamente todo lo que acaba de decir y enumerar, pienso, y luego reflexiono. Masa sólida y biopsia nunca suenan bien, incluso para un ignorante como yo, en este campo. Y "fuerte sospecha diagnóstica" me dice que lo que piensa podría ser mucho peor de lo que me dice.

            Antes de saltar sobre el doctor con ganas de partir su amada lapicera Parker, y despojarlo de ese aire de superioridad enmarcado con esos pretenciosos anteojos, mi viejo entra en el consultorio. A paso lento y terminándose de acomodar la campera sobre la camisa, me mira y me sonríe como siempre lo ha hecho desde que tengo memoria; y se sienta en la butaca a mi lado. Luego se inclina hacia adelante y se frota las manos. No tarda en despacharse con un comentario sobre la falta de tacto de la enfermera y del radiólogo que lo atendieron, buscando un poco de complicidad para quitarle el hierro al asunto. El silencio y la tensión en el ambiente le contestan que se calle y se siente.

            El doctor le dedica una sonrisa de cortesía sin mirarlo directamente a los ojos. “Ya hemos hablado con su hijo de su tratamiento, los espero dentro de cuarenta días para revisión”, concluye, y se levanta expeditivo, dirigiéndose hacia la salida. El viejo se queda cortado, a medio sentarse aún. Yo también, aunque sin la mueca de sorpresa suya. Imitamos la acción con mi padre y nos dirigimos hacia la puerta con más dudas que certezas. El famoso doctor extiende su mano unos segundos para guiarnos, pero más parecía querer echarnos rápidamente, como quien indica a un perro que se apure o a un niño que camine más rápido.

            El paciente le tiende su mano para saludarlo y el doctor no sabe qué hacer por unos segundos. Pareciera que hace mucho que nadie repetía aquel gesto con él, o quizás él mismo había dejado de hacerlo. “Lo cortés no quita lo valiente”,  recuerdo de mi madre, y lo saludo también; y la consulta concluye con un “que tenga un buen día”, muy ensayado de su parte, lacónico; y un “igualmente” nuestro, del mismo tono.

             No hubo mucho que hablar en el camino a casa. El viejo siempre fue más de gestos que de palabras y el silencio en el auto lo decía todo. En el transcurso de la semana pregunté a un amigo por otro especialista y me recomendó uno más famoso, esta vez, por su trato. Mucho más cálido y humano que el anterior. Mi padre vivió un par de años más; murió una noche por algo ajeno a lo que nos llevó a la consulta aquella vez. No dudo de la capacidad del famoso doctor, pues el nuevo al que fuimos, también habló muy bien de su colega y nos encomendó un tratamiento muy similar. Pero lo hizo de otra manera, mirándonos a los ojos y sin ningún apuro.  

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Diego Miguel Cirici Quiroga es estudiante de medicina de la Universidad Nacional de Tucumán. Escritor aficionado dando sus primeros pasos en el género de la medicina narrativa.