NUMERO 110 - setiembre

Nuevo libro - Capítulo 2

         

           Este capítulo, titulado “Historia de un cuadro”, bien podría haber sido el último o, tal vez, el primero de este libro. Narra la esencia, el núcleo  del desgraciado e infortunado acontecimiento y lo que sucedió en el teatro Colón, ámbito en el que se lo presentó. La pintura representa lo acaecido en la desolada Buenos Aires durante aquellos funestos, lúgubres y luctuosos días de los primeros meses de 1871.  Bucear  hasta el más recóndito de los detalles que inspiraron a Juan Manuel Blanes para pintar esta famosa  obra de arte, es la vasta información que se escribió en este libro.

         En el mes de  marzo de 1888, con motivo de conmemorarse un nuevo aniversario del año en que ¨Buenos Aires murió¨, el Museo Nacional de Artes Visuales de Montevideo  bajó de su exhibición el cuadro Episodio de la Fiebre Amarilla. El motivo fue facilitarlo a las autoridades del Teatro Colón de la capital argentina, para que fuera expuesto en el foyer a consideración del público, como lo había sido en diciembre de 1871, en homenaje a quienes murieron en aquellos dramáticos seis primeros meses de aquel año.

           La obra del ilustre pintor uruguayo, quien la obsequió al gobierno de su país, sería presentada por segunda vez en el original, lujoso, y lírico Teatro Colón. Inaugurado en 1857, estaba ubicado en la manzana donde hoy se encuentra el Banco Nación, frente a la plaza de la Victoria (hoy Plaza de Mayo). La exposición formaba parte del calendario de las actividades programadas ante el inminente y definitivo cierre de sus puertas, para dar lugar a la creación del nuevo y actual teatro emplazado frente a la plaza Lavalle. En cuanto a la selección de las actividades conmemorativas que habrían de llevarse a cabo, se decidió que deberían ser presentadas aquellas que, por su valor documental, más habían repercutido en el público en la última década.

          La muestra fue programada para ser inaugurada el día 17 de marzo y, luego, quedar  expuesta un mes a disposición del público de Buenos Aires. La coorganizaron autoridades nacionales encabezadas por el presidente de la Nación, Miguel Ángel Juárez Celman, la filial argentina de la Cruz Roja Internacional y la Academia Nacional de Medicina.

        Para el acto de inauguración habían sido convocados todos los sobrevivientes, incluyendo médicos, practicantes, paramédicos, directivos, miembros de distintas comisiones altruistas, filantrópicas, parroquiales, periodistas y testigos presenciales de la catástrofe, entre ellos, el relator oficioso del infortunio, el ciudadano catamarqueño Mardoqueo Navarro, a quien se le iba a entregar una medalla por la veracidad de sus valientes, aunque sombrías, informaciones. La mayor cantidad de invitaciones fue para los familiares de las víctimas; muchos de ellos contaban con pocos años de edad cuando la ciudad fue azotada.

          El programa del acto conmemorativo  informaba que el comienzo iba a estar a cargo de la orquesta del Colón para interpretar el Réquiem de Verdi. Luego, para recordar a los médicos fallecidos en el cumplimiento de su deber, continuaban las palabras del presidente de la Academia Nacional de Medicina. Finalmente, se referiría al tema específico el joven y destacado doctor Tommaso Hutchinson, radicado en Italia y llegado a Buenos Aires invitado especialmente para la ocasión.

          Como había ocurrido en diciembre de 1871, la avidez del público porteño por volver a ver ese dramático cuadro, superó todas las expectativas. Desde muy temprano, el día de la conferencia, se formaron dos filas para ingresar al teatro. Una más larga, de público en general. La más corta, sobre la calle De Las Torres (Rivadavia), contaba invitados especiales, y la conformaban sobrevivientes de la enorme tragedia, acompañados de sus familiares directos. En esta fila se encontraba el joven  gerente del Mercado Modelo, señor Mauro Lenti, acompañado por su esposa  Laura y, junto a ellos, la joven y bella Francesca, con solo diecisiete años, quien, cuando ocurrió la tragedia, tenía siete meses de vida. Los tres fueron sorprendidos por la llegada de esa invitación, no sabían por qué razón habían sido citados a tan importante ceremonia.

           A medida que la fila iba avanzando, Mauro no pudo evitar rememorar tiempos pasados. Cerró los ojos y se recordó siendo un adolescente de tan solo quince años, y revivió momentos y escenas que creía borradas de su mente para siempre. Ahora, la realidad era otra y muy distinta, tenía una buena esposa, un buen trabajo, buena salud, y también estaba Francesca…. La fila seguía adelantando.

          A sus pocos años, Francesca era una joven que no pasaba desapercibida. Delgada y alta, con un cuerpo bien formado, como había sido el de su madre. El hermoso rostro trigueño presentaba facciones delicadas, frente amplia, labios carnosos y humectados con un ligero tinte rosado, que hacían juego con sus pómulos altos; su nariz era recta y pequeña. Lo que más llamaba la atención eran sus ojos color ámbar y el cabello ensortijado muy oscuro, con reflejos miel, que caía sobre los hombros enmarcando esa cara definitivamente de una singular belleza. Aunque lo que más la destacaba era su porte y candor, más una sonrisa que la hacía brillar. En síntesis, Francesca era una atractiva mujer, y contundente  ejemplo de la íntima relación, no siempre presente, entre una mujer y su imagen. A pesar de su juventud,  irradiaba una personalidad  segura de sí misma. Esa personalidad muy pronto se vería puesta en juego.

          Los tres vivían en la misma casa. Francesca no era la hija de Mauro y Laura, ni siquiera éstos eran sus tíos biológicos. En la práctica, eran mucho más que eso, la querían como  los hijos que no pudieron procrear. Francesca los trataba de tíos y la relación con Mauro, en particular, parecía estar enlazada por el afecto de la misma corriente sanguínea; él era su protector. Ambos se sentían como almas gemelas. Una fuerza superior los unía. Se tenían un amor especial, sano y tierno, que en ciertas circunstancias provocaba celos en la tía Laura. Éste sentimiento eventual no le impedía sentir y demostrarle un afecto absoluto a su querida Francesca.

          Desde siempre, o desde la primera vez que preguntó por sus padres, ella lo supo todo, o casi toda su historia. A pesar del drama y la tristeza, Mauro no le ocultó lo esencial; sí, evitó los ásperos detalles que poco influían en su historia y, quién sabe por qué jugarreta del destino, los estaba recordando mientras la fila avanzaba. En Francesca, las sombras del tiempo pasado parecían haber sido silenciadas por un aparente olvido, y cubiertas con el manto del amor que le profesaban sus tíos. Mauro le contó desde cuando Ana Cristina y Dino, sus padres, habían llegado de Italia; las dificultades de los primeros tiempos y, también, abundó en detalles acerca de los amigos de sus padres. Por supuesto, en primer lugar estaban  Elvecio y Bruna, y su pequeño hijo, quienes se habían ido a vivir a Rosario, en busca de nuevos horizontes.

          Cuando Francesca cumplió los diecisiete, Mauro le entregó, si bien no eran muchas, las pertenencias de sus padres, que él había guardado celosamente para dárselas cuando tuviera una edad suficiente. Además del arcón en que trajeron sus pocos objetos, el resto eran cartas que habían llegado desde Italia, y otras que habían sido enviadas a Rosario y devueltas al remitente. Francesca se enfrascaba leyéndolas una a una, tratando de encontrar en la tinta de las palabras algo que dijera más de sus padres, que le permitiera armar la historia de su vida. Halló cartas de sus ancestros y familia piamontesa, que vivían en la provincia de Alessandria. Con ellos, ya estaba en contacto epistolar desde hacía tiempo aunque las cartas demoraban mucho en llegar, igual que las respuestas. Sabía manejar y superar su ansiedad. También entre los amarillentos papeles estaban los relacionados con la familia de Orlando Ciari, de un pueblo llamado Canals, en el sudeste cordobés. Un natural fluir intergeneracional estaba, de manera incipiente, en marcha.

           Francesca  le pedía a Mauro que le contara más cosas. Cómo había sido cada día de aquella relación de amistad entre su padre adulto y él, que era un adolescente. En particular, le gustaban las historias de los días domingos en que todos juntos comían las pastas que preparaba la abuela Enerina, como ella llamaba a la mamá de Mauro, quien falleció demasiado joven y poco pudo disfrutarla como abuela adoptiva.

           Evocaba con mucho cariño y gratitud que, aunque hiciera frio, calor, o lloviera torrencialmente, Mauro nunca dejó de ir a visitarla todos los sábados y domingos a la Casa de Expósitos, y pasaban juntos el día allí. Le llevaba una vianda con comida preparada por Enerina con lo que sabía que le gustaba y, especialmente, abundantes frutas traídas del mercado, manjares desconocidos en ese lugar carente de todo lo que no fuera indispensable. Esas frutas deberían alcanzarle para la semana, pero el lunes ya se habían terminado; su generosidad hacía que las compartiera con los otros niños que no tenían la suerte de que los visitaran y, menos aún, de que les llevaran comidas, ni pensar en el amor y la contención. Durante el verano, las sandías eran las más codiciadas. Mauro les enseñó que, antes de comerlas, las pusieran en un balde con agua para enfriarlas, y dejaran ese balde a la sombra. Era una forma de entretener creando expectativas al conjunto de niños que esperaban en silencio y con ilusión que llegara Mauro a la visita semanal. Demasiada soledad había dentro de esos muros.

          Francesca sabía lo que era ser agradecida y siempre se lo demostró con alegría y abrazos a su querido Zioma, un apodo que resultaba de la conjunción de tío, en italiano, y Mauro, que éste le había enseñado a repetir. Así le gustaba que lo llamara, su encantadora y querida Francesca, desde que lo balbuceaba siendo bebé. Para ella, aquellos eran tiempos felices, aunque en la oscuridad de su cuarto muchas veces la acechaban  nubarrones que no dejaban sus pensamientos en paz. Tantas pérdidas de afectos traslucían tristeza en sus ojos color miel. Para no preocuparlo, este secreto era lo único que no compartía con Mauro. Su querido tío no lo merecía.

          Después de algunos años, Mauro ya no llegaba solo a la Casa de Expósitos, lo acompañaba una bella muchacha, inmigrante italiana también, llamada Laura. El amor de Mauro se bifurcó porque  su corazón, de igual manera, comenzó a latir por ella; era un amor diferente y apasionado. Así se lo hacía sentir a Laura, tan próxima a él, que abrigaba con caricias suaves su piel curtida y su espíritu tierno. Ziala fue el nombre con que la llamaba la adolescente de once años, quien comenzó a sentirse doblemente amada.

            Laura, con la complicidad de Mauro, en varias oportunidades, charlaba a solas con Francesca. Aquél, haciéndose el desentendido, preguntaba de qué hablaban; la respuesta de ambas, al unísono, levantando un poco la voz y, además, gesticulando a lo italiano, era: “Sono cose di donne. Fuori di qui”.  Mientras ambas se quedaban riendo, Mauro simulaba volver cabizbajo sobre sus pasos, pero sonriendo con  satisfacción, conforme y feliz por la complicidad de ambos amores.

           Cuando las autoridades de la institución no tuvieron dudas de la formalidad de las visitas y de la relación entre Laura y Mauro, le permitieron a Francesca  salidas fuera de la Casa. Los domingos iban a misa de once en la iglesia de San Pedro Telmo y luego a recorrer el que había sido el importante y residencial barrio. Por algún recóndito mecanismo de defensa, Mauro siempre evitó pasear por la calle Balcarce. De esta manera, Francesca se contactó con un mundo que no sabía que existía, o no se lo imaginaba. Su vida fue atesorando en sus retinas nuevas representaciones de gente, lugares, colores, luces, y en sus oídos, otros sonidos llenaron los espacios dando lugar al  asombro. Tanto la conmovía el exterior que por las noches se agitaba soñando con ese mundo y perteneciendo a él. Muy poco tiempo después, las salidas eran durante todo el fin de semana, que comenzaba los viernes a la tarde y finalizaba  los domingos cuando caía el sol. El verano siguiente la salida fue por todo el período de vacaciones, con la condición de reportarse una vez por semana ante las autoridades de la Casa.

           El mayor e infinito gesto de amor que Francesca nunca olvidaría en toda su existencia, y que la hizo sumamente feliz, fue cuando cumplió los doce y, como regalo de cumpleaños, Laura y Mauro le dijeron que adelantarían su casamiento para que ella no fuera entregada a otra familia. A esa edad los niños huérfanos eran cedidos a familias sustitutas. Realizado el formal casamiento en la sórdida y austera parroquia de la Casa, los novios se retiraron a su domicilio; con ellos, iba Francesca. Nunca más volvió a estar internada, aunque continuó sus estudios, como alumna externa, en la escuela cuyo edificio estaba ubicado al lado de la misma Casa de Expósitos en la que había vivido desde que era una bebé.

          Era 1888, tal vez marzo porque recién comenzaban las clases, y si todo marchaba bien, al finalizar el año egresaría como maestra normal nacional en una de aquellas novedosas escuelas creadas por Faustino Valentín Sarmiento, quien falleció ese mismo año, el 11 de septiembre en Paraguay. Francesca siempre fue una alumna destacada. En horario extraescolar concurría a la casa de una de esas maestras llegadas desde Estados Unidos por gestión del ex presidente; con ella, aprendió a hablar y a escribir fluidamente el idioma inglés. Con su tío Mauro hablaban en italiano; dominando tres idiomas se abría camino, sin pensar hasta dónde llegaría con este bagaje de riqueza idiomática. Por su dedicación sería ella la que entregaría la bandera de ceremonias a una de sus escoltas más jóvenes. En sus planes de adolescente fantasiosa, imaginaba precisamente ser maestra normal para dedicarse a la docencia. 

        El  recuerdo y la rememoración de Mauro hicieron que el tiempo pasara volando en la fila, que había adelantado bastante. Cuando estaban próximos a la puerta de ingreso del suntuoso teatro, la policía detuvo a las personas que estaban entrando. Ellos, que habían quedado en primer lugar, pudieron ver cómo personal auxiliar del Colón colocaba unos cordeles rojos con borlas doradas que delimitaban un camino que en el interior se separaba en dos; el de los cordones y borlas continuaba con una alfombra roja. Una comitiva no muy numerosa de personas venía acercándose, guiada para transitar por ese lugar. Se notaba que era gente importante. Había funcionarios oficiales, autoridades del teatro, entre ellos, su director, también un grupo de mujeres, posiblemente de comisiones de beneficencia, que llamaban la atención por estar muy arregladas, con sombreros a tono con los vestidos. Francesca nunca había visto mujeres tan finamente ataviadas. Otras personas vestían guardapolvos blancos; por su aspecto deberían de ser médicos, entre los que se destacaba la presencia de los doctores Guillermo Rawson y Abel Ayerza,  gracias a cuya iniciativa se había creado, en 1880, la Cruz Roja Argentina.

           Rodeado por esa comitiva, en primera fila, avanzaba un joven vestido con sutil elegancia y buen gusto, de tez blanca, cabello oscuro, prolijamente afeitado y con largas patillas, un sombrero de copa alta le cubría la cabeza y denunciaba su  jerarquía. Vestía levitón y pantalón negro, e impoluta camisa blanca, en cuyo cuello anudaba un elegante jabot de seda, donde prendía un broche de oro redondo, con la letra D en su interior. Al tenerlos tan cerca, Mauro, Laura y Francesca pensaron que debería ser una persona importante en el acto de homenaje.

          Francesca, curiosa, sin proponérselo, había levantado la vista en el mismo instante en que el joven se quitaba el sombrero, y sus miradas se cruzaron. Así quedaron, sorpresivas e inesperadas, mantenidas, flotando en el espacio que los separaba. Al ver esos intensos ojos color ámbar, el joven le sonrió y, sin darse cuenta, una poderosa energía lo detuvo de manera instantánea para seguir deleitándose con el hechizo que emanaba del fugaz encuentro de miradas anónimas, pero correspondidas. Se produjo una atracción de cálidos, indescriptibles e inexplicables sentimientos. Las mejillas de Francesca tomaron un tinte rosado y el cuerpo se le agitó. El tío Mauro observó la escena y, también, su corazón latió con mayor intensidad, dándose cuenta de que Francesca ya era una mujer. De lo que sí estaba seguro era de que un hombre de esas características y personalidad radiante jamás podría fijarse en una mujer de la condición de ella.

            El joven elegante e importante, el de la sonrisa furtiva, entró por la alfombra roja, mientras los pensamientos del tío Mauro fueron más allá, interrogándose: ¿por cuántas situaciones similares pasará Francesca hasta descubrir su gran amor? Sus elucubraciones concluyeron con que ésta: seguro no iba a ser una de esas situaciones, no pertenecían al mismo extracto social. El tío Mauro no podía imaginar que tal vez podía estar equivocado. Sí, en el devenir de la vida, el destino es el que da las cartas para que los hombres las jueguen. Esa tarde, sin saberlo, las cartas de Francesca estaban echadas, e incluían los comodines. Nunca lo pudo sospechar.

         El hombre elegante siguió su camino guiado por otras destacadas personalidades; se lo veía serio y callado. Con seguridad, estaba concentrado en las palabras de su disertación, sin presagiar ni remotamente el desenlace final.

         El foyer del teatro, lujosamente engalanado, era de amplias dimensiones; tenía ubicación para doscientas personas cómodamente sentadas, separadas por un pasillo central; otras cien, quedaron de pie a ambos costados de una tarima, cubierta con un paño rojo sobre la que había unas cuarenta sillas y otros tantos atriles destinados a los músicos de la orquesta. Sobre el fondo, se podían ver las banderas de la República Argentina y de la República Oriental del Uruguay. En la parte de adelante, más cercana al público, sobre un costado, se localizaba un escritorio macizo de color negro caoba. con patas que remataban simulando ser garras de león y, a su lado, una estructura de madera que sostenía a otra de mayor altura, cubierta por un paño de color morado; era lo que el público suponía: el cuadro de grandes dimensiones prestado por el gobierno de Uruguay.

           El tío Mauro había obviado contarle a Francesca los detalles del homenaje, y Francesca supuso que era un acto más, sin pensar en la magnitud que conllevaba este acontecimiento. Lo que sabía Mauro era que se exhibiría la pintura de Blanes, que Mauro no conocía debido a que cuando fue expuesta, en diciembre de 1871, era muy joven y estaba dedicado de lleno a trabajar. Lo que sí recordaba eran los comentarios de aquella presentación y que, por entonces, no se estaba al tanto de quiénes eran los protagonistas, Tampoco se sabía si esa pintura había sido tomada de la realidad, o bien pertenecía a la creatividad del pintor. Las nuevas y recientes revelaciones que se tenían del cuadro, serían detalladas por el joven médico italiano durante la conferencia próxima a empezar. El tío Mauro sólo tenía noción, porque lo había visto en la invitación, que ese joven experto se llamaba Tommaso Hutchinson y nada le decía, hasta entonces, ese nombre y apellido. Sin embargo, es increíble de qué manera la instancia subconsciente puede vencer los mecanismos de defensa de la instancia consciente; de algún recóndito lugar de su mente, tal nombre hacia lo imposible por emerger. En un par de horas más, no sólo emergería el recuerdo de ese nombre, sino también del apellido del joven médico.     

 

 

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Osvaldo René Pamparana es Bioquímico procedente de la facultad de Ciencias Exactas de la Universidad Nacional de La Plata. Es autor de numerosos artículos, ensayos, cuentos y novelas breves. Por su labor cultural recibió, entre otras distinciones el premio Santa Clara de Asís y fue nombrado Ciudadano ilustre de la ciudad de La Plata. Se presentarán los capítulos sucesivos de su libro La Medicina y el Arte Correspondencia a: opamparana@lpsat.com