NUMERO 111 - noviembre

Ensayo

 

Una paciente, lectora habitual de esta columna, [1]me dice: "usted debería escribir sobre el amor". "¡Es un tema muy difícil!", le contesto. "¡Y claro! ¡Más fácil es hablar de los monitos!", me desafía con su hermosa sonrisa. Es una grata mujer para la cual enamorarse ha devenido en un serio problema.

Mi amigo, el doctor Gonzalo Bulacio, es un brillante neurólogo y neurocirujano, sabedor de las cosas más insólitas. Da gusto hablar con él. Mientras apuramos un café, me cuenta (vaya uno a saber cómo llegamos al tema): "vos sabés que el símbolo con el que se representa lo femenino, ese círculo con una especie de cruz (y lo dibuja en una servilleta), es el Espejo de la diosa Venus. Y el símbolo de lo masculino, el círculo con la flecha que sale hacia arriba, es el Escudo y la lanza del Dios Marte. Y entrelazados significan el amor".

"¡Qué simplificación"!, me quejo, "la mujer sería solo belleza reflejada pasivamente en un espejo, y el hombre, guerra y conquista. Somos mucho más que eso". "Ése es el problema de los símbolos; sobresimplifican", contesta mi amigo. Hace silencio y sonríe. "Deberías escribir sobre el amor y sobre la pareja".

El muy maldito me mete en un brete. Él también lee esta columna.

Dos de dos, lector. Y aquí me tiene, abordando un tema casi imposible, al menos para un psiquiatra que carece de los recursos de un filósofo, y mucho más de los de un poeta. Por eso voy a refugiarme, al menos inicialmente, en el título de una grata película musical española que fue muy vista allá por los noventa, Las cosas del querer y, sobretodo, en el estribillo de su canción principal: "son las cosas de la vida, las cosas del querer, no tienen fin ni principio, ni tienen cómo ni por qué".

A veces intentamos explicar lo inexplicable. Nadie sabe, "a ciencia cierta", por qué la gente se enamora o, en todo caso, las "explicaciones científicas" suelen ser reduccionistas, cuando pretenden dar cuenta de un fenómeno (nunca mejor usada esta palabra) tan complejo. Las neurociencias, muy en boga en estas épocas, hacen un aporte interesante. Lo cuenta la investigadora Helen Fisher (vea su conferencia lector, si lo desea en YouTube, "El estudio de un cerebro enamorado"/ Ted Talks, subtitulado). Le realizan una resonancia magnética a voluntarios enamorados (algunos felizmente, otros rechazados) y descubren que, cuando le muestran una foto de la persona amada, se les "enciende" un núcleo en el cerebro, en una zona muy alejada de las áreas que tienen que ver con la racionalidad y el control de nuestros impulsos.

Pero, esto ya lo sabía mi nona italiana cuando decía: "¡Ma!, cuando ti enamora perde la cucuzza, e ti volve mezzo matto!" (el amor te hace perder la cabeza y te vuelve medio loco). No lo decía desde la censura. En su extraña sabiduría, acrecentada con el paso del tiempo (vivió lúcida hasta los ciento tres años), describía lo que veía y advertía lo inevitable.

Cuando los psicoterapeutas intentamos introducir racionalidad en las vivencias amorosas, nos convertimos, de alguna manera, en el título del delicioso libro de Irving Yalom: Verdugo del amor. Además de excelente escritor, Yalom es un reconocido profesor universitario y psicoterapeuta americano. Dice, como yo nunca podría decirlo:

No me gusta trabajar con pacientes que están enamorados. Quizás se deba a la envidia. Yo también anhelo la fascinación. O quizás se deba a que el amor y la psicoterapia son incompatibles en lo fundamental. Un buen terapeuta lucha contra la oscuridad y busca la claridad, mientras que el amor romántico se sustenta en el misterio y puede desmoronarse al ser inspeccionado. Aborrezco ser verdugo del amor.

Cierto es que si la función de la psicoterapia es ayudar a atenuar, al menos, el sufrimiento psíquico, y sabemos que, no pocas veces, se sufre por amor, no estaría de más intentar reflexionar al respecto. Tomo la tarea con una salvedad: quizás en este tema más que en ningún otro, la reflexión será general, ya que cada historia de amor es tan singular y diferente, que no hay dos iguales. Y por tanto, no sería bueno "ofenderlas" con intentos de inútiles esquemas o de "receta" alguna que se pretenda aplicable a todas. Confío, no obstante, que el lector que me acompañe se lleve algo de "agua para su molino".

Somos seres necesitados de ternura y cercanía relacional durante toda la vida. Y en el origen de nuestra especie se produjo un hecho notable: en la hembra humana, la sexualidad se separa de la procreación y queda "libre". El encuentro sexual va más allá entonces del hecho de reproducirnos, y da lugar al "fuego" intenso del erotismo: buscamos a ese otro que nos complemente en este "juego" y, no pocos seres humanos, eligen como compañero sexual a otro ser humano de su mismo sexo, sin que esto implique patología alguna. Y, a veces, esa persona que encontramos, se torna tan especial que nos enamoramos. Y deviene, al menos por un tiempo, en lo más importante de nuestra existencia. Eso es el amor romántico: una fuerza vincular arrasadora que puede llevarse todo puesto. (quizás exagere algo lector, pero no demasiado).

El núcleo que se "enciende" en el cerebro, como cuenta Helen Fisher, es un registro, una consecuencia, de este misterioso e inexplicable suceder que nos torna "mezzo mattos", como decía mi nona.

Un inteligente y divertido paciente, que atiendo muy gustoso, expresó un día: "doctor, la próxima vez que me enamore, lo autorizo a declararme insano. Me interna, por favor. Se lo firmo si quiere". Le conté lo que decía mi nona y nos reímos de buen grado. Va en la línea de una maldición gitana: "¡Ojalá te enamores!". Esto no significa, en modo alguno, "contraindicar" el amor, recomendación estúpida y destinada al mayor de los fracasos. Si, "debida prudencia", recomendación menos estúpida, pero de poca probable eficacia.

Borges, (por "invitar" a un poeta) era muy benévolo con la amistad, pero nada con el amor. Intuyo que, además de la inteligencia, su reflexión estaba guiada por el sufrimiento propio. "La amistad puede prescindir de la frecuencia y de la frecuentación. El amor está lleno de ansiedades, un día ausente puede ser terrible. La amistad puede prescindir de la confidencia, pero el amor no. Si en el amor no hay confidencia uno ya lo siente como una traición".

Creo que a Borges bien le cabían las estrofas del tango: "De cada amor que tuve tengo heridas/heridas que no cierran y sangran todavía" (Nuestro ilustrador Andrés Maknis bien se ocupa de esto. ¿Será el corazón de Borges el que representa atravesado por flechas de un Cupido poco exitoso?) Pero, no todo es tragedia, lector. No pocas veces, muchas diría, esa exuberante vegetación tropical, abrazada por cálidos soles y/o azotada por fuertes tormentas, deja lugar a otras alternativas. Por ejemplo, la pareja.

Aquí ya no nos sirve la metáfora tropical. La pareja tiene más que ver, creo yo, con un jardín que exige del cultivo y el cuidado de quienes pretendan disfrutarlo. Así como el enamoramiento se nutre en la pasión, la pareja lo hace en la laboriosidad. Un jardín que se descuida se llena rápido de yuyos, hormigas, y sus plantas se secan. Se empobrece. Aquí sí le propondré un esquema. Imagine lector un triángulo. Usted lo pretenderá equilátero. Con sus lados y sus ángulos exactamente iguales. Nunca es así. En el vértice coloque el erotismo. Y en los ángulos de la base el compañerismo y el proyecto. Y otórguele a cada lado del triángulo una medida que se ajuste a sus circunstancias actuales.

El erotismo no basta para sostener una pareja. Es insuficiente. Hijo de la novedad y la belleza, tiende a atenuarse con el paso del tiempo, a encontrar nuevas formas menos intensas. Puede haber excepciones. Pero, más de cuarenta años de escucha terapéutica me permiten esa osada afirmación. El proyecto es lo que lanza a la pareja hacia el futuro.

La nutre desde el lugar del faro que ilumina el camino. También el tiempo atempera los proyectos, pero estos son imprescindibles. La "herramienta clave" lector, para el "cultivo del jardín", es el compañerismo, el espacio de la intimidad. Nacido de la ternura, es el antídoto contra cualquier atisbo de violencia relacional, que siempre es destructiva, generadora de sufrimiento.

Sé que todo esquema es simplificante, pero me permito un consejo, aunque había prometido evitar las recetas. Dibuje su propio triángulo y propóngale a su pareja que también lo haga. Luego, comparan y dialogan. El diálogo no es el arte de ganar una discusión sino, en este caso, el arte del encuentro que permita reformular, de ser necesario, el contrato relacional en el que se apoya toda pareja. Y los contratos están para ser revisados, perfeccionados. No es cuestión de andar rompiéndolos ante el primer problema. Aunque suene a poco romántico lo de contrato. Recuerde, soy un terapeuta, no un poeta.

Por eso, no se me ocurre mejor manera de terminar este escrito que compartiendo con usted parte de la canción de la película (en YouTube, Manuel Banderas y Ángela Molina la cantan de maravillas).

"Yo soy alto y/tu bajita. Yo gitano y tu tostá. Tú de Sevilla la llana y yo de Puerto Real. Que no tiene na que ver. El color ni la estatura con las cosas del querer. Pa que nos piden razones, del qué, el cómo y el cuándo. Lo nuestro tiene que ser, aunque entre el uno y el otro levanten una pared". ¡Olé!

                  (Dedicado a Beatriz, mi mujer, mucho mejor jardinera que yo).



 



[1] El autor se refiere a una columna  del diario La Capital en la que apareció este artículo. S/F

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Ernesto M. Rathge es médico psiquiatra: psicoterapeuta. Creador y Director durante veinte años de Red Psicoterapéutica, institución de atención clínica y formación profesional en Salud Mental que nuclea la tarea de un numeroso grupo de profesionales de la especialidad (psiquiatras, psicólogos, psicopedagogos, etc.) de Rosario y sur de Santa Fe. Es profesor invitado de la Maestría de Derecho Procesal de la Facultad de Derecho U.N.R en el tema Derecho y emocionalidad. Actualmente atiende su consultorio de psiquiatra psicoterapeuta, y escribe y profundiza sobre temas de la psicociencias.