NUMERO 111 - noviembre

Relato



Era una noche fría de setiembre, con resabios de agosto. Me sentía  cansada; llovía, esa llovizna persistente que más que mojar, molesta.

Eran las nueve de la noche, hora en  la que habitualmente saco a mi perro Germán a dar un paseo. Domingo, víspera de feriado. Hubiera preferido quedarme en casa, pero no podía privarlo de su última salida del día.

Caminaba rápido y le tiraba de la correa para que se apure, pues la calle estaba desolada y algunas luces del alumbrado público, apagadas.

No se escuchaba prácticamente ningún sonido exterior, solo mis soliloquios y mis quejas: “Ay que agotada que estoy, estoy podrida de trabajar y pagar, trabajar y pagar! Y no me salvo aunque sea feriado de visitar a mis pacientes, el martes se me juntan todos los trámites… Y este paraguas  tan chico que no cubre nada…Y para colmo está anunciado lluvia toda la semana ¡ ¡y yo sin el auto! Estoy harta, siempre le pasa algo a esa máquina”

Me faltaban algunas cuadras para emprender el camino de regreso a casa. Todo seguía igual, las nubes seguían llorando, y la calle cada vez más oscura y solitaria; entonces,  mi apuré atemorizada, todavía, más el paso.

Mis lentes se empañaban con el agua; de pronto,  me pareció ver a lo lejos una sombra; parecía una persona de baja estatura que se aproximaba  también con paso rápido.  Tuve miedo, y crucé la calle. Me di vuelta con disimulo cuando vi que la persona estaba detrás mío. Era un niño, de no más de diez años, con la cara mojada, y su ropa salpicada de pintura. Llevaba en una mano, un balde, y un rodillo, en la otra. Parecía un pintor o quizás un ayudante de albañil. Me llamó la atención su corta edad.

Él me alcanzó, se adelantó, miraba los carteles de las paradas de colectivo. Iba rápido, pero arrastraba los pies, parecía muy cansado. Sus zapatillas estaban rotas y empapadas. Se dio vuelta, me miró, y me dijo: “señora, disculpe, ¿sabe dónde para el 107?”

-Sí- le respondí - para en Santa Fe, te quedan tres cuadras- En ese momento pude ver bien sus ojos brillantes y taciturnos, que se abrieron  desesperadamente, no veía la hora de llegar.

-Todavía me faltan tres cuadras!, quiero llegar a mi casa.

-¿Cómo es tu nombre? -le pregunté.

-Tobías, me respondió.

-Tomá el paraguas Tobías, ya vas a llegar, no te falta tanto.

-Gracias señora, me dijo, se dio vuelta, y  corrió hacia el colectivo.

Me quedé en la esquina, quieta, mirándolo. Corrió esas tres cuadras con una fuerza especial; llegó y subió al 107.

Me di vuelta y caminé rumbo a  casa, pensativa y tranquila, pero con las lentes más empañadas aún; ya no era la lluvia, eran mis ojos.

 

 

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Jorgelina Presta es médica clínica y docente de la Cátedra de Clínica Médica de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Rosario, Argentina. Es miembro estable del Comité Editorial del portal médico Clínica-UNR.org.