NUMERO 111 - noviembre

Nuevo Libro - Historia de un cuadro

 


Finalizada la solemne interpretación del Réquiem de Verdi, por la orquesta del Teatro Colón, y los programados discursos, más la entrega de una medalla recordativa al cronista oficioso del drama, el catamarqueño señor Mardoqueo Navarro, el maestro de ceremonias, se dirigió al público para informarles que tendrían la inigualable oportunidad de escuchar a un importante y destacado profesional de la medicina, que también había sido convocado en su carácter de experto en obras de arte llevadas al  lienzo por los más excelsos pintores de todos los tiempos, en las que estaban  representadas las diversas patologías

           En este caso –agregó-, seguramente que nos informará de las últimas investigaciones y sus conclusiones acerca de una obra de arte que refleja el peor desastre, la tristísima y luctuosa tragedia que cubrió de luto a la ciudad de Buenos Aires, en el año 1871. Debemos lamentar –continuó- la ausencia, con causa y aviso, del autor de la obra, el maestro uruguayo Juan Manuel Blanes quien, hace ya unos años se encuentra radicado en la ciudad de Pisa, Italia. Les pido que me ayuden a recibir con un aplauso a nuestro invitado especial.

          Ingresó el disertante e inmediatamente se paró junto a sus papeles ayuda memoria que estaban sobre el escritorio. La primera y agradable sorpresa para el público, ocurrió cuando comenzó a expresarse en perfecto idioma español:

 

En primer lugar, quiero presentarme; mi nombre es Tommaso y mi apellido Hutchinson. Como han escuchado, una singular combinación de un nombre ¨veramente¨  italiano, con un apellido ¨Truly English¨ (estirpe irlandesa). Es decir, soy el doctor Tommaso Hutchinson, egresado de la escuela de medicina de “La Sapienza” de la Universidad de Roma y, desde muy joven, me he interesado por esa maravillosa conjunción humanista que conforman la medicina y el arte. Por esa razón, simultáneamente con mi profesión, he realizado algunos estudios y cursos en la Galería de los Oficios en la ciudad de Florencia y en el Museo del Prado de Madrid. Antes que nada, quiero agradecer a las autoridades nacionales y provinciales, al Señor Director de este magnífico teatro lírico y, en particular, a la Academia de Medicina de Buenos Aires, por esta invitación que me honra más allá de lo que ustedes podrían imaginar.

Luego de referirme al tristísimo tema para el cual he sido convocado y que seguramente los sorprenderá, por lo novedoso de las últimas investigaciones, trataré de contarles el porqué de tanta y sincera honra que, a su vez, tiene que ver con esa mezcla latina y anglosajona de mi identidad. Estimado público, sé que para que una conferencia sea exitosa, ésta debe tener un buen comienzo y un mejor final, y que ambos estén lo más cercanos posible.

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          Hasta aquí, con estas pocas palabras expresadas con calidez y seguridad, el joven doctor acaparó la simpatía y, sobre todo, la atención del auditorio. Como experimentado disertante, generó curiosidad cuando dijo que se sorprenderían por las novedades que tenía para contar, lo que motivó un murmullo de agradable empatía en la sala. Además, con la última frase estaba asegurando que sería concreto en el tema a tratar y que no iba a ser ésta, una de esas largas conferencias magistrales y latosas como se acostumbraba en la época.

          Francesca, sentada en el extremo que daba al pasillo central de la tercera fila, parecía haberse transportado a un mundo de ensoñación. No podía quitar los ojos de la figura de ese hombre que la había emocionado con su agradable y franca sonrisa. Tan abstraída estaba que, casi sin darse cuenta, fue adoptando una postura corporal que llamaba la atención. Su entusiasmo superó las tradicionales formas correctas de una señorita; sentada en el borde de la silla estiraba el cuerpo hasta rozar el hombro de la persona que tenía adelante, mientras que con la mano derecha sostenía su cara, apoyando el brazo sobre el codo implantado en la rodilla que sobresalía hacia el pasillo. Claramente, su inconsciente objetivo era ganar unos escasos centímetros para sentir la sensación de estar más cerca del disertante. Una sutil advertencia de su tía Laura la hizo recomponer.

         

En los últimos años -comenzó Tommaso- la medicina dio un fuerte impulso en el camino que la llevaría por primera vez a librar batallas victoriosas contra las enfermedades infecciosas. Es más, esos avances, en estos mismos momentos, están revolucionando por completo los conceptos y cánones que rigieran por milenios en la lucha contra los azotes que recibiera la humanidad. A estas calamidades que ocasionaron y ocasionan grandes y nefastas epidemias, la ciencia cada vez las tiene más acotadas. Si bien con la ayuda del microscopio sabemos de la existencia de seres minúsculos, jamás pudimos pensar que un ente tan chico, casi inmaterial,  pudiera derribar a un ser humano por más endeble que éste fuera. En la actualidad, ya no nos quedan dudas sobre la real importancia de esos microorganismos en la producción y expansión de las enfermedades humanas. Por razones afectivamente personales, me ha interesado -y pude hacerlo- trabajar como ayudante del eminente doctor alemán Roberto Koch cuando éste descubrió un tenue bacilo, de una coloración particular, que se transmitía a través de las aguas contaminadas ocasionando la enfermedad que mató a millones de personas en todo el  planeta. Permítanme decirles que este extraordinario descubrimiento, lamentablemente para mí llegó con quince años de atraso. Por esa razón, entre ese pequeño bastoncito llamado vibrión colérico y yo, existe algo personal que hace que todos mis estudios y conocimientos estén destinados a evitar nuevas muertes.

Aquí, en la ciudad de Buenos Aires,  en 1871, ocurrió una tragedia, y nuevamente el responsable fue un indivisible germen. Más tarde, gracias a los denodados y eficaces trabajos del doctor Carlos Finlay, sabríamos que un mínimo mosquito fue el porta0dor de esa arma letal que destruyó todo lo humano que encontraba a su paso. A este tema me referiré hoy; y lo haré no tanto desde la óptica médica sino desde un punto de vista social y humano, el que finalmente se ve reflejado en una extraordinaria obra de arte, la que pongo a consideración del público. 

          Casi de manera automática, en ese preciso instante, dos personas del teatro descorrieron el paño que cubría el cuadro Episodio de la fiebre amarilla. De manera casi simultánea, se encendieron cuatro faroles ubicados en la parte inferior, y su luz hizo que la tétrica escena representada pareciera cargada de un realismo cruel.

          El público se manifestó en un largo y plañidero murmullo, y de profunda pena. Tommaso hizo una larga pausa para que tuviera lugar esa expresión de dolor colectivo. Algunas mujeres entrecruzaron sus manos en oración y prorrumpieron en dolorosos aunque suaves llantos, al tiempo que negaban con las cabezas lo que veían. Otros, ante el estupor, se incorporaron de sus asientos como impulsados por alguna instancia psicológica defensiva. Muchos hombres se llevaron la mano al corazón, y otros tantos tapaban sus caras ante el horror. El auditorio completo, en común y espontánea unión, bajó su rostro hacia el piso en un gesto de conmiseración y tristeza. Para las personas mayores, aquella escena reavivó las llagas que, aun a más de quince años, no habían cicatrizado y nunca lo harían.

          Juan Manuel Blanes expresaba sin eufemismos el terrible episodio de la fiebre amarilla a través de una composición que, a pesar de su equilibrio alegórico, representaba  la miseria, el horror y el heroísmo de aquellos tenebrosos días.

          En señal de respeto, durante ese tiempo de duelo comunal que pareció interminable, Tommaso permaneció inmóvil y con la mirada baja y perdida. Luego observó las caras y expresiones de dolor de los presentes. Por su parte, Francesca no podía contener las lágrimas que se deslizaban pausadamente por el rostro, y la escena  no sólo la angustió sino que le produjo una inmensa tristeza. Arremolinaba las manos frotándolas sin descanso. Sí, el destino también puede ser artero y esa tarde anochecida en tan lujoso ámbito lo sería de la forma más cruel; este episodio sórdido borró el candor de la seducción que la joven había experimentado por primera vez en su vida. Por su parte, Tommaso la había identificado plenamente desde sus primeras palabras y parecía que todas estaban dirigidas a ella, como si nadie más hubiese estado en ese elegante salón. Era evidente que un flechazo de Cupido ya lanzado iba a atravesar el corazón de ambos; aunque ninguno de los dos tuviera la más remota idea, ni siquiera el presentimiento de que el destino había puesto en funcionamiento la fantástica maquinaria del amor y que muy pronto germinaría y daría sus frutos en un impensado y apasionado acto final. Lo que ocurriría sería de tal magnitud afectiva que haría que ese flechazo fuera a quedar para siempre impactado en sus jóvenes corazones.

          Una vez recompuesto el auditorio, Tommaso volvió a tomar la palabra y, sin saber por qué razón, formuló con una voz profunda ¨perdón¨, y continuó:

En la historia del arte se define como alegoría a la representación de cosas o personajes con sentido simbólico. Es decir, es una metáfora que intenta explicar contextualmente la idea buscada.  Es lo que creíamos que hizo Blanes en este cuadro. Lo que quiero decir es que la escena que estamos viendo, hasta estos días la pensábamos como una representación simbólica, pero de acuerdo a nuestras últimas investigaciones de archivo, periódicos y otras, hemos descubierto una realidad por demás interesante, pero dolorosa. La aclararé en breve minutos.

Señores -dijo Tommaso- muchos de ustedes tuvieron una o más pérdidas de seres queridos debido a esta plaga en aquellos primeros meses de 1871, -y enfatizó lo siguiente-: lo que hace que esta alegoría ya no lo sea en el sentido literal de la palabra, y reúna la característica de documento histórico o social. En efecto –agregó e  hizo una breve y respetuosa pausa, y dijo lo que nadie jamás creyó que nunca escucharía:

No estamos ante figuras simbólicas ni representaciones alegóricas abstractas, no, las personas que estamos viendo aquí retratadas, tienen nombre y apellido, fueron reales, existieron como existimos nosotros esta noche aquí en este teatro. Eran humildes trabajadores llegados de otro continente, vinieron a trabajar y lo hicieron con fe y esperanza, por un porvenir y un futuro mejor para ellos y sus hijos. Soñaban con una mejor vida en esta tierra promisoria y llena de oportunidades.

         

En esta última frase, su voz pareció o sonó quebrada por la emoción; entonces, respiró profundo, hizo una nueva pausa, y dijo:

          ¡Sabemos quiénes son todos los personajes retratados!

          Un pesado silencio se abatió sobre el auditorio que, de a poco, fue transformándose, primero en murmullo y luego en voces airadas de anónimas interrogaciones. Para entonces, Francesca lloraba sin consuelo. No lo podía disimular y de nada sirvieron las caricias de la tía Laura ni el sentido y prolongado abrazo de Mauro, quien mostraba un rostro entre asombrado y preocupado, mientras que en su mente resonaba, una y otra vez, el nombre Tommaso Hutchinson. Algo dentro de Francesca, una premonición que parecía no tener fundamento, la invadió de una manera atroz y la tornó frágil en sus sentimientos y fibras más íntimas. Tommaso presenció esa escena de hondo contenido humano, y debió contenerse para no bajar del estrado y dirigirse hacia ese ser vulnerable que, además de su belleza al comienzo de su presentación, le había producido curiosidad por su singular concentración.

          Acalladas las voces y las interrogaciones dirigidas a él, Tommaso continuó con el relato.  

          Sé de vuestra penosa impaciencia. Pero, por la importancia de las conclusiones, es necesario que primero les informe qué fue lo que sucedió la noche del 17 de marzo de 1871, hoy hace exactamente diecisiete años, y que trascendiera al conocimiento del público. Ese público, en esos días, naturalmente estaba más preocupado por su seguridad y no precisamente interesado en la lectura de los diarios. Si me permiten, les leeré textualmente la noticia que apareció en dos periódicos, El Nacional y La Tribuna, que publicaron la noticia al día siguiente 18 de marzo y que fue la punta del ovillo que tomamos para nuestra investigación:

A medida que la epidemia va azotando a la población, vamos conociendo cuadros desgarradores y tristísimos, principalmente, entre la gente ajena a toda clase de recursos. Sabemos que anoche un sereno penetró en una casa de la calle Balcarce, al llamarle la atención que la puerta estuviera abierta en altas horas de la noche, y se encontró con el cadáver de una mujer y, entre sus brazos, una criatura de entre seis y siete meses que trataba de aferrarse a los pechos de su madre. Es de suponer que esta mujer ha sido atacada de fiebre amarilla y ha muerto sin tener quién le prestara el menor auxilio. Por su vulnerabilidad, la niña fue recogida y remitida a  un orfanato”.

          Ni la tía Laura ni Francesca, que seguían atentamente las palabras del disertante, pudieron ver la lividez que mostraba el rostro de Mauro. Un escalofrío había recorrido su humanidad, y pensó que prefería no escuchar lo que pronto, con seguridad, iba a escuchar. La cita que había hecho Tommaso de la calle Balcarce lo había inquietado y trató de disipar la inquietud con lindos recuerdos y nostalgia de otro tiempo más feliz, pero, no pudo; repicaba, como campaneos, en su cabeza “la calle Balcarce”.

          Esa noticia, -agregó Tommaso-  había llegado al diario a través de uno de sus corresponsales, que trabajaba en la calle, quien transcribió el parte policial correspondiente que el comisario de la sección 14a elevó a su jefe, Enrique O´ Gorman. La reproducción es la siguiente, se las leo:

 

Marzo 17 de 1871

Al Señor Jefe de Policía

A la 1 de la madrugada de hoy, el sereno de la manzana 72, notó que la puerta de la calle Balcarce número 348, estaba abierta…

          Al volver a escuchar el nombre de la calle Balcarce y ahora el número 348, Mauro se levantó del asiento y, excusándose, se dirigió de prisa al baño del foyer del teatro. Tommaso al dar el número de la calle Balcarce había acotado de manera absoluta la información, y esa era la razón del malestar de Mauro. En esa calle, el 348, para él, no era un número más.

          Tommaso leyó a continuación el informe del jefe policial que, en horas de la mañana, se apersonó en la casa:

En la mañana de hoy, el que firma este escrito fue a la indicada casa y encontró el cadáver mencionado tirado en el piso al igual que el resto de los elementos citados. Debido a la buena iluminación a esta hora, y que no había tenido el sereno que se iluminó con un precario farol, pude observar que en una cama detrás de la puerta se encontraba el cadáver de un hombre, posiblemente el marido de la infortunada mujer. Debajo de la cama se encontraba un importante arcón el que no fue tocado por quien suscribe, dejándolo a criterio de mis autoridades superiores. Dando por finalizada mi inspección ocular, procedí a retirarme cerrando la puerta de ingreso a la vivienda.

          Mientras Tommaso realizaba este relato, Mauro seguía en el baño a punto de flaquear, se sentía agobiado e inquieto. Ahora, no recordaba los momentos felices; se agolpaban en su pensamiento sólo los momentos de mayor tristeza. No tenía duda de esa dirección: Balcarce 348 en pleno barrio de San Telmo. Se recompuso como pudo y volvió a la sala. Cuando logró sentarse, Laura lo miró con preocupación, lo invadía la palidez, la agitación, y un sudor frío casi mortal. El orador continuó diciendo:

           A través de estos informes quedó demostrada la realidad de la fatalidad y su difusión, por lo cual pudo llegar fácilmente a conocimiento de Blanes, que no inventó el tema. Pintó un hecho verídico, tomado de la vida misma, al que le incluyó imaginariamente detalles que no podían pasar por alto en este testimonio iconográfico.

          Estos detalles -dijo el disertante-  es lo que hace que el cuadro de Blanes que estamos viendo, sea, a la vez, un documento alegórico e histórico que narra una tragedia y también reivindica y rinde homenaje a las personalidades que allí aparecen. Tommaso continuó explicando sabemos que:

Estos héroes civiles de abnegación heroica que destacan sobre las dos hojas de la puerta abierta y que dan fuerza expresiva a la composición, son dos de los más importantes miembros de la ¨Comisión Popular¨, doctores, abogado José Roque Pérez y abogado y médico Manuel Argerich. Ambos  pertenecían a los más altos grados de la masonería y llevaban a la práctica el lema latino de dicha sociedad filantrópica  (salus populi suprema lex est). “La salud del pueblo como ley suprema¨. En poco tiempo, ambos murieron por la enfermedad. Fueron dos queridas e inolvidables personas, altruistas, caídas en la misión solidaria de asistir al más débil. Concluyó Tommaso.

 

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Osvaldo René Pamparana es Bioquímico procedente de la facultad de Ciencias Exactas de la Universidad Nacional de La Plata. Es autor de numerosos artículos, ensayos, cuentos y novelas breves. Por su labor cultural recibió, entre otras distinciones el premio Santa Clara de Asís y fue nombrado Ciudadano ilustre de la ciudad de La Plata. Se presentarán los capítulos sucesivos de su libro La Medicina y el Arte Correspondencia a: opamparana@lpsat.com