NUMERO 112 - enero

Relato


La aldea estaba aferrada al flanco de la colina como un nido de avispas; abajo, un sendero se abría entre los pastos y los pelos hirsutos de los juncos.

            Las casas y la pequeña iglesia parecían deslizarse indefinidamente  sobre las rocas. El ´pequeño arroyo, casi siempre seco, recuperaba su memoria acuática solo en invierno, pero no lograba contener las ondas que arrastraban ramas, troncos,  piedras, animales muertos…

           En aquellas alturas, el viento resoplaba sin cesar, furioso contra aquella  inmovilidad silenciosa. Se ensañaba contra el campanario ruinoso, cuya campana permanecía enmudecida a pesar de las sacudidas. A menudo, el cielo aparecía vacío; hasta las nubes lo habían desertado.

           Casi todas las casas habían sido abandonadas. Los jóvenes se marcharon uno detrás del otro hacia distintas ciudades, mientras los viejos, poco a poco, tomaron el camino del cementerio. Ahora, en la aldea sólo vivían doce personas. La soledad, la hostilidad de la tierra, el rencor del viento, no habían contribuido a forjar caracteres alegres o confiados. Con excepción de una pareja de ancianos, de una mujer aún joven y su hija, los otros vivían solos. El sostén de aquella gente era brindado por algunas ovejas y cabras, como así también por los productos de la huerta.

Los Corradi no intercambiaban más que algunas palabras durante el día, preferían comunicarse con gestos. A fuerza de vivir juntos se entendían sin hablar. Si se levantaban de mal humor-lo que sucedía seis de cada siete días-de sus bocas sólo salían gruñidos. El resto, hombres y mujeres, tenían una edad indefinida; la piel se les había arrugado tempranamente bajo aquel sol despiadado, o la aspereza del viento. Flacos, más bien secos, fijaban la mirada con dureza, o la dejaban resbalar con absoluta indiferencia. Huraños casi todos, por desconfianza, por egoísmo, sobre todo por ignorancia.

           La casucha de la vieja Amelia apestaba por todas las grietas. Se alimentaba de los animales que cazaba, luego los descueraba y tendía el cuero al sol durante días enteros. Pero el hedor venía también de la suciedad en la cual vivía. Su cabeza de tortuga estaba cubierta de escasos cabellos mugrientos, que escapaban sin ningún orden del sombrero gastado. La nariz se acercaba cada vez más al mentón, los labios habían desaparecido en un nido de arrugas.

La pequeña casa de Fiorella parecía mantenerse apenas contra el enorme ciprés. Había sido construida por el marido poco tiempo antes de que estallase la guerra que, más tarde, le quitó la vida. La carta en la que la joven le anunciaba su embarazo, nunca llegó a destino. La niña nació una noche de invierno. La madre fue asistida por una vecina, quien luego emigraría a la Argentina. La pequeña tenía ojos muy azules, pero inmóviles como el agua muerta. La mujer necesitó mucho tiempo para darse cuenta y aceptar la ceguera de su hija. Entonces, sufrió lo indecible, acunándola y llorando durante horas. Para sobrevivir, cultivaba la huerta de escasas dimensiones; luego iba a vender al pueblo más cercano sus calabazas, chauchas, repollos, zanahorias. Dos veces por semana debía dejar a la niña con la vecina; sin embargo, cuando aquella se marchó al exterior, no tuvo más remedio que dejarla sola, con sólo cuatro años. No confiaba en nadie.

Fiorella regresaba jadeante, angustiada, temiendo por lo que hubiera podido sucederle  durante su ausencia.

A los quince años, Clara se había convertido en una muchacha de una belleza asombrosa. Tenía una piel de porcelana, los cabellos oscuros de su madre, la nariz respingada y una boca de muñeca. Sonreía siempre. Se movía con seguridad; en las tareas domésticas ayudaba a su madre con habilidad. Se había empeñado en aprender a cocinar, sus platos resultaron exquisitos  Jamás se lamentaba, hacía todo lo posible por satisfacer a su madre.

Los años fueron pasando, las fuerzas de Fiorella disminuyeron cada día. Subir hasta su casa era una lucha contra la edad, la fatiga y la rabia del viento. Se detenía algunos minutos, sentada sobre una piedra, y comenzaba a llorar pensando en el futuro de su hija. ¿Qué sería de Clara cuando ella le faltara? Este pensamiento la carcomía; era una verdadera pesadilla que, poco a poco, nubló su razón. Pasaba horas muda, con la mirada fija sobre la joven, sin que ésta pudiera lograr una respuesta.

        Aquel día, el viento la había castigado con furia, casi le había impedido respirar. Regresó más tarde. Como de costumbre, Clara la esperaba con su sonrisa de hada y la sopa humeante, pero la mujer no abrió la boca.

 -Mamá, ¿vendiste todo? Dale, vení a comer que se enfría!

         La mujer no respondió. Un relámpago seguido de un trueno ensordecedor se llevó otra pregunta de la hija. Los truenos redoblaron su intensidad. Fiorella se llevó las manos a las sienes, abrió la boca como para decir algo, pero permaneció muda con los ojos muy abiertos.

La lluvia se desató con violencia .Todo lo que el frío había inmovilizado bajo el hielo, comenzó a liberarse. El agua chorreaba por algunas goteras.

          La madre de Clara comenzó a pronunciar frases incoherentes: “El vientre del arroyo se hinchó, va a explotar ¿No viste pasar las palomas? Los cañones truenan, escapa Aldo, escapa!  ¡Lindas calabazas! ¿quiere una señora?”

 -Mamá ¿qué te pasa? ¿Qué estás diciendo? – preguntaba Clara.

           Ella no podía ver el rostro ni los ojos enloquecidos de su madre fijos en ella. Tendía los brazos para tocarla, pero la mujer los esquivaba.

            Una rama del ciprés lanzó un gemido prolongado. El cielo parecía despedazarse.

A la mañana siguiente, a través de la puerta abierta, sacudida por el viento, el viejo Salvador vio aquella escena que le heló la sangre, a pesar de que era un hombre de hierro. En el suelo yacía el cuerpo de la joven, debajo de la cabeza un charco de sangre ya coagulada y, a pocos metros, el cuerpo de su madre giraba suspendido de una cuerda que colgaba de un tirante.

El arroyo rugía sus amenazas contra el viento, mientras éste lo abofeteaba sin cesar.

 

 

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Teresa G. Minhot Profesora de Francés; ex Prof. de francés del Instituto Superior Olga Cossettini Ex. Prof. de francés en Humanidades y Arte y Escuela de Música Prof. de Literatura francesa en la Alanza francesa de Rosario. Miembro de la Asociación argentina de Literatura francesa y francófona. 5º Premio Certamen Literario Nov. 2012 del "Grupo de Escritores Argentinos" médico Clínica-UNR.org