NUMERO 112 - enero

Consumir hasta morir - Primera parte


El palo y la zanahoria, las dos caras del placer

Para qué sirve el placer o recompensa

Nuestras experiencias en el mundo son evaluadas en todo momento de acuerdo a un criterio ancestral que la evolución ha grabado en los organismos: qué resulta beneficioso y qué es perjudicial para la especie. El mecanismo es asignarle un tono hedónico valorativo a la conducta, que incluye la circunstancia y el contexto. Esa “valencia” es siempre emocional, y puede ser positiva o negativa. En el primer caso aparecerá el placer o recompensa que genera conductas de acercamiento y exploración, mientras que, en el segundo, será la aversión (dolor, asco) que produce conductas de alejamiento y rechazo. El placer y el dolor están relacionados con los valores de recompensa que guían la forma en que aprendemos, configurando nuestras preferencias y prioridades de comportamiento. Este tipo de evaluación hedónica fue llamada "utilidad" por el inglés Jeremy Bentham, siguiendo al filósofo griego Epicuro.

El placer cumple la misma función en animales y humanos: la optimización de las decisiones de comportamiento. La diferencia entre unos y otros consiste en que los animales no saben que sienten placer. En las especies sociales las interacciones sociales son, al menos, tan placenteras como los placeres sensoriales relacionados con la ingesta de alimentos. El placer puede representar una forma extrema de motivación y de aprendizaje de lo que es bueno en nuestro entorno para conducir los comportamientos complejos y reiterados. La función de los placeres sensoriales y sociales básicos, podría ser ayudar a optimizar nuestras decisiones, de modo que la supervivencia y la procreación sigan siendo posibles.

La naturaleza del placer opera como un estado de aceptación, sugiere una función general adaptativa. El placer motiva la inclinación a continuar la interacción con el objeto de placer o a persistir en el tipo de acción actual. Una acción que se “premia” con esa recompensa tiende a sostenerse o a reproducirse. El placer es esencialmente afectivo, mientras que la cognición pura no lo es.

La memoria almacena los actos junto a sus respuestas emocionales, generando un aprendizaje que se hace predictivo en el futuro. Sabemos porque aprendimos; entonces, podemos anticipar la respuesta a nuestras acciones intencionales. La larga historia del Homo sapiens sapiens ha estado guiada por estos fenómenos, organizados en complejos circuitos que articulan al sistema nervioso central con respuestas somáticas de todo el cuerpo, que orientan la conducta.

El placer es fundamental para nuestras acciones porque modula la forma en que nuestros cerebros son esculpidos mediante el aprendizaje. Comida, bebida, sexo y refugio, son recursos necesarios para la supervivencia. Debido a esa necesidad biológica, el SNC evolucionó mecanismos mesolímbicos automáticos muy eficientes, que aseguran que los individuos sean fuertemente atraídos por los estímulos críticos para su supervivencia. La evolución propone un fundamento para esta suposición: reconocer los objetos (alimentos, personas) como “agradables” promueve la capacidad reproductiva, al igual que el reconocimiento de objetos “dañinos” o aversivos, preserva la supervivencia y la reproducción.

El placer no es solo una sensación, es una evaluación compleja. Es la consecuencia de la acción del circuito cerebral hedónico que transforma una sensación (ej: percepción del dulzor) en algo "agradable". Las señales hedónicas dependen del estado fisiológico y ecológico del organismo que las experimenta. Informan sobre el valor de los actos, permiten ajustar las variables clave de decisión, como el apetito y el grado de riesgo a tomar para obtenerlo.


El placer del sabor dulce provoca la agitación de la aceptación, lo que agrega un brillo hedónico a la sensación que experimentamos como placer consciente. No es solo percepción, no es solo gusto, ni sabor. Es un plus que se agrega a lo meramente sensorial. Es la valoración de los estímulos meramente perceptivos, necesaria para la toma de decisiones. La valencia hedónica cualifica los estímulos, les asigna un valor de utilidad premiándolos o sancionándolos. La experiencia del placer implica intencionalidad, e incluye cuatro etapas distintas: compromiso, aceptación, continuación, retorno.

El valor de incentivo que tienen las señales del ambiente aumenta cuando la persona está bajo estrés. Bajo esta condición se preparan los sistemas mesolímbicos para reaccionar con mayor intensidad (sensibilización) a las señales, o durante otros estados emocionales que aumentan la reactividad mesolímbica. En esos momentos, los estímulos ordinarios, como las señales asociadas con las recompensas alimentarias, se transforman en potentes estímulos de incentivo, haciendo que estas resulten más atractivas y capaces de desencadenar el impulso de perseguir y consumir su recompensa asociada (consumación). La sensibilidad exacerbada del sistema de recompensa mesolímbico podría atribuir altos niveles de motivación o incentivo a la vista y olor de los alimentos, y generar un consumo excesivo, sin producir necesariamente niveles comparables de "gusto" cuando se consume el alimento. 

Estados emocionales de ansiedad o stress potencian el deseo sin modificar el gusto, lo que dispara un aumento desproporcionado del consumo (comida, compras, juegos, dispositivos, etc)

La cognición agrega riqueza a la percepción y modifica la atención que le prestamos a los placeres. Elabora planes para obtenerlos, amplía la gama de eventos que impulsan el placer. Permite incluir fuentes cognitivas y culturales (arte, música, recompensas sociales, etc.). El placer humano es único en el sentido de que las capacidades cognitivas humanas transforman nuestra representación mental de los eventos agradables en pensamientos elaborados que los acompañan.

El placer es más que una sensación, es la experiencia afectiva positiva que la acompaña e integra la pura sensación en un fenómeno complejo de nivel superior. Nace de una combinación de las señales sensoriales y sobre el estado homeostático (valora cómo ese estímulo es útil para el organismo). El propósito de los sistemas sensoriales es proporcionar información acerca de hechos sobre el mundo. Estos sistemas están diseñados para funcionar de la manera más objetiva posible. Pero el placer es otra cosa. Los sistemas hedónicos proporcionan un "comentario subjetivo" sobre la información que les proporcionan los sistemas sensoriales. Incluso los placeres culturales humanos únicos, como el arte, pueden sentirse como agradables, precisamente porque actúan como nuevas claves psicológicas en los mismos circuitos hedónicos del cerebro que generan el placer sensorial.

El placer, a pesar de ser fundamental para la experiencia y la evolución humana, es bastante difícil de definir. Aristóteles argumentó que lo que llamamos placer se compone de al menos dos aspectos distintos, hedonia (placer) y eudaimonia (florecimiento humano o una vida bien vivida). Morten Kringelbach -profesor del departamento de psiquiatría en la Universidad de Oxford en el Reino Unido- señala, sin embargo, que: "es sorprendentemente difícil demostrar que alguien que es feliz también es alguien que ha tenido mucho placer".

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Desear y gustar

Berridge ha demostrado que el placer tiene al menos dos subcomponentes: gusto deseo, que utilizan vías cerebrales parcialmente separadas y que pueden corresponder a la distinción de Daniel Kahneman entre la utilidad de la experiencia y la utilidad de la decisión.

  • La primera es lo mucho que nos gusta o nos disgusta una opción que estamos haciendo.
  • La segunda se refiere a si queremos o no queremos el objeto de la elección.

Estas vías diferenciales mediadas por distintos neurotransmisores: dopamina (desear) y opioides endógenos (gustar), explican la aparente paradoja de que se pueda desear algo que no gusta. Es un proceso que involucra a todos los sistemas cerebrales que procesan la información de recompensa (cortical y subcortical), para que el "gusto" y el "deseo" se combinen en un todo coherente con las necesidades.

Constantemente asociamos el comportamiento con la recompensa y el castigo, lo que tiene el objetivo de maximizar el placer. El deseo o motivación desencadena una ansiedad anticipatoria lo que, en ciertos casos, desencadena la conducta consumatoria, no para acceder a un placer a veces inexistente, sino como medio de atenuar esa incomodidad generada por el estado de ansiedad.

El placer es más que una sensación, es un acto autorreflexivo. En animales de laboratorio y en humanos, desencadena movimientos de aceptación para prolongar el contacto con el estímulo o generar un recuerdo perdurable (retener el vino en la boca). Genera una actitud exploratoria y consumatoria. Orienta la motivación mediante el deseo anticipado (predicción). Es la sensación de aceptar algún estímulo, evento, acción, interacción o estado personal. Promueve la fluidez cognitiva y la interacción social mediante señales como sonreír, que es el equivalente humano al movimiento de la cola del perro.

El impacto hedónico, el "gusto" y la importancia del incentivo, el "deseo", son parcialmente disociables en términos de sus circuitos neuronales subyacentes y sus vías. En términos de neurotransmisores, se ha demostrado que la dopamina está más relacionada con el "deseo", mientras que los opiáceos están más relacionados con el "gusto" o el placer.

Las etapas se organizan en ciclos que orientan la conducta, y que Morten Kringelbach explica así:


Ciclos de placer

Una forma de ver la diferencia entre el "gusto" del placer y otros componentes de la recompensa, es que el ciclo es común a muchos momentos cotidianos de afecto positivo. Típicamente, los momentos gratificantes atraviesan una fase de expectativa o falta de recompensa, que a veces conduce a una fase de consumación o gusto con la recompensa que puede tener un nivel máximo de placer (por ejemplo, encontrarse con un ser querido, una comida sabrosa, el orgasmo sexual,  fiebre de drogas, ganando una apuesta de juego). Esto puede ser seguido por una fase de saciedad o aprendizaje, donde uno aprende y actualiza nuestras predicciones para la recompensa. Estas diversas fases han sido identificadas en muchos niveles de investigación, de las cuales las investigaciones recientes sobre los mecanismos computacionales subyacentes a la predicción, la evaluación y el error de predicción son particularmente interesantes (Friston y Kiebel 2009; Zhang et al., 2009). Tenga en cuenta, sin embargo, que algunas recompensas posiblemente carezcan de una fase de saciedad (los candidatos sugeridos para la fase de saciedad breve o faltante incluyen dinero, algunas recompensas abstractas y algunas recompensas de estimulación cerebral y de drogas que activan los sistemas de dopamina de forma bastante directa). Psychol Well Being. 2011 Oct 24; 1(1): 1–3. doi:  10.1186/2211-1522-1-3 Building a neuroscience of pleasure and well-being. Kent C Berridge1 and Morten L Kringelbach

¿Es el placer infinito? Sus límites fisiológicos

¿Cuáles son los efectos de los genes sobre la conducta? Bueno, eso depende del ambiente. ¿Y cuáles son los efectos del ambiente sobre la conducta? Bueno, eso depende de los genes. Robert Sapolsky

Los estudios en animales de laboratorio y en humanos, en condiciones ecológicas, demuestran que el placer depende de la intensidad del estímulo de manera no monótona. Sigue un modelo de la denominada "curva de Wundt": aumenta hasta un máximo y luego disminuye, pasando a atenuar la respuesta esperada o a ser desagradable. A medida que los receptores se saturan, se regulan a la baja disminuyendo el efecto del estímulo. Este fenómeno de saturación, resistencia o atenuación de la sensibilidad es común a una gran variedad de estímulos sensoriales y cognitivos.

Todo parece indicar que el funcionamiento de los sistemas hedónicos apunta a la moderación y a la variedad para preservar su curva de dosis / respuesta. Cuando el sistema ingresa en la fase hiporreactiva de la curva, los placeres disminuyen, como lo atestiguan la aliestesia y la devaluación de la recompensa después de haber sido saciados. La aliestesia es un fenómeno por el cual se pasa de experimentar una sensación agradable al ingerir una primera cantidad de alimento o substancia, a tener una sensación desagradable al llegar a ingerir una cantidad mayor determinada, que supera un umbral fisiológico específico. Pero eso no es todo.

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Daniel Flichtentrei es médico cardiólogo, Jefe de contenidos médicos de IntraMed.net y miembro estable del Consejo Editorial de este suplemento. Correspondencia a: aflichten@intramed.net