NUMERO 112 - enero

Cine para recordar

  

“Una libertad que no tiene en cuenta  la vida, no es libertad”, le grita a Ramón Sampedro, el cura tetrapléjico como él, que pretende convencerlo de que la vida, aun en esa condición, es digna de ser vivida. Ramón, que lleva veintiocho años postrado, luego de haberse arrojado al mar con marea baja, y haberse dañado la médula espinal de manera irreversible, con una lucidez sin fisuras, le responde al instante: “Y una vida que no respeta la libertad, tampoco es vida”.

Alejandro Amenábar dirigió la película Mar adentro, cuya historia es la de este gallego melancólico, que desecha la silla de ruedas “porque no quiere migajas de libertad” y que pasa casi tres décadas mirando el mundo a través de la ventana de su habitación. Su motivo de vida es, entonces, conseguir que la justicia española le autorice el suicidio asistido, porque él juzga indigno continuar viviendo una vida en la que hasta para quitársela, necesita ser ayudado.

Javier Bardem personifica magistralmente a Ramón, y está acompañado por grandes actores que encarnan a su vez a personajes fundamentales de esta historia verídica. Belén Rueda interpreta a Julia, la abogada que intenta ayudar a Ramón a conseguir su objetivo. Lola Dueñas (Rosa) es una mujer que conoce a Ramón a través de un reportaje y se convierte en quien, en definitiva, lo acompaña en su decisión final: terminar con su vida, de la cual no tuvo jamás ni una sombra de duda.

Tanto Julia, víctima ella misma de una rara enfermedad vascular cerebral hereditaria, como Rosa, no pueden evitar enamorarse de Ramón quien, con su mirada entre triste y burlona, con un muy particular sentido del humor, pero con una lógica implacable, intenta hacerles comprender que quien en realidad lo ame, será quien lo ayude a salir de su infierno. El libro que deja como testimonio de su vida en cautiverio, se llama precisamente Cartas desde el infierno.

En todo momento, queda claro que Ramón no está intentando marcarle el camino a nadie. Al preguntársele si un tetrapléjico no tiene derecho a enamorarse, él responde con toda claridad: “No estoy hablando de los tetrapléjicos, estoy hablando de mí”.

La película ofrece para el análisis distintas visiones: la de Rosa, que enamorada de Ramón pretende mantenerlo con ella, pero que comprende, al fin, que él sólo desea morir; la de su hermano, que dice que podrá ayudarlo a vivir, pero nunca a morir; la de Manuela, su cuñada, quien cuida de él con resignación y estoicismo; la de su padre nonagenario, que acepta que lo que haga Ramón, “bem feito está”, pero que le pide que espere a que él muera. También se presenta el punto de vista de la justicia y de la iglesia católica.

Sorprendentemente, no hay ningún médico en la historia. Difícil pensar que, en tan larga enfermedad, nunca haya aparecido la medicina como un recurso, al menos paliativo. Poco creíble que, al discutir toda esta temática que la irreductible decisión de Ramón planteaba, ningún médico haya sido consultado. No parece probable que Alejandro Amenábar haya soslayado por descuido tan trascendente tema. Más verosímil resulta que omitió la visión médica del problema porque, en realidad, la eutanasia es algo que debe asumir la sociedad toda y no trasladar la decisión, en una actitud desertora, al médico que asiste al paciente que la pide, o que la necesita.

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Recientemente, otra película abordó, desde una mirada diferente, esta misma temática. Otra historia verídica generó el guión del film. En 1995, Jean Dominique Bauby (Jeando), redactor jefe de la revista francesa Elle, sufrió un daño cerebral isquémico que, luego de veinte días de coma, lo dejó absolutamente paralizado, impedido de realizar movimiento alguno, necesitando incluso asistencia para respirar. Este síndrome “del cautiverio” (Lock-in Syndrome), lo hizo permanecer plenamente lúcido, con la sola posibilidad de mover su ojo izquierdo, y de recurrir a su imaginación y a su memoria como únicas formas de escapar de su propio cuerpo para regresar al pasado, o avizorar el futuro. En un hospital de Berk-Sur-Mer, se le brindó una intensa rehabilitación, y se lo entrenó en el reconocimiento de las letras del alfabeto, a las cuales podía responder con el parpadeo de su ojo izquierdo, con lo que logró dictar la novela La escafandra y la mariposa – se convirtió en best seller - que su autor no llegó a ver publicada, puesto que apareció pocos días después de su muerte, en 1997.

La historia de Bauby fue llevada al cine por Julian Schnabel, con Mathieu Amalric en el rol del protagonista. La película recibió numerosos premios y dejó planteada la capacidad de un ser humano de sobreponerse a la inmovilidad, y de darle libertad a su mente, dejando una obra esperanzadora.

La medicina, en este caso, ocupa el centro de la escena, ya que una rehabilitación intensa, costosa y sumamente profesionalizada, sólo posible, tal vez, en el mundo desarrollado, logró un resultado que parece verdaderamente milagroso.

Ramón y Jeando resultan entonces dos caras de una misma moneda: los límites de la vida y su íntima relación con la libertad. Uno, sintiéndose obligado a sobrellevar una vida que le parecía indigna y, por lo tanto, según su visión, no merecía la pena de ser vivida y, el otro, que aunque más no fuera con un parpadeo, aspiraba a comunicarse con el mundo y a dejar un mensaje. El propio Schnabel decía que a Jeando lo salvó la escritura, ya que su obra lo trascendió, y lo hace sentir de algún modo vivo para sus seres queridos.

El respeto a las más profundas convicciones del ser humano, producto de su historia de vida, de  sus creencias y de su filosofía personal, deberán alguna vez ser tenidas en cuenta por la sociedad en su conjunto, y legislar en consecuencia. La medicina, por su parte, tal vez deberá interesarse más en tales convicciones y averiguarlas cuando el paciente está en pleno uso de sus facultades para decidir, antes de tomar decisiones que el enfermo rechaza, o de no asumir otras que él reclama y necesita.

 

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Médico- Especialista en Clínica Médica - Profesor titular de la Primera cátedra de Clínica Médica de la Fac. de ciencias Médicas de la UNR.