NUMERO 113 - marzo

24 de marzo - Día mundial de la tuberculosis



           Ningún evento y ninguna conmemoración podrá hacerle sombra al 24 de marzo como un día histórico que ningún argentino puede olvidar. Aprovecho, aunque no es el tema, a unirme, en esta página, al Día de la Memoria, la Verdad y la Justicia.

             El asunto de este artículo es otro pues, justamente, ese mismo día, para el año 1882, se proclamó a nivel mundial el Día de la tuberculosis, Fue cuando Robert Koch dio a conocer el descubrimiento del bacilo que lleva su nombre. Ya no cabían dudas de que la enfermedad, que había ocupado páginas y páginas literarias, tenía un origen infeccioso. Desde entonces, la tuberculosis nunca nos abandonó. De la mano de la pobreza, el hacinamiento, las adicciones, el VIH, el abandono de tratamientos es, para buena parte del mundo, una enfermedad endémica.

             No es este el lugar para hablar de medicina. Por eso quiero recordar el perfil más interesante de la enfermedad que se ha cobrado, y todavía se cobra, muchas vidas.  Mi interés literario se remonta a un par de décadas atrás. Lo he dicho en otro lugar; fue La montaña mágica, la novela que me hizo conocer lo mejor de la ficción sobre la enfermedad que se multiplicó sin par. Luego, fue el tema de mi tesina final de la carrera de letras e inesperadamente mi libro Una enfermedad romántica.

Aquí, les propongo una breve lectura histórica de La dama de las camelias.[1]

             La tuberculosis fue emblema de belleza. Y en este caso le voy a rendir homenaje con un fragmento de una publicación de mi autoría sobre La dama de las camelias de Alejandro Dumas. Margarita Gautier, la protagonista, reúne todos los elementos a través de los cuales la tuberculosis dio forma a una imagen ideal de femineidad: al efecto devastador de la consunción sobre el cuerpo, que realza la belleza femenina, se suma en ella, la prostitución que, paradójicamente, hace a la mujer más virtuosa que los respetables ciudadanos que la rodean.

               Publicada en 1848, cuando la teoría romántica sobre la tuberculosis tenía plena vigencia, conservó su fama a través del teatro, la ópera y el cine hasta comienzos del siglo XX. Hoy nos cuesta entender las emociones que un melodrama de segunda categoría despertaba, entonces, en el público. Para rescatar su sentido, es necesario mirar hacia atrás, hacia los años en que cada uno delos espectadores que aplaudieron a Sarah Bernhardt en el papel de Margarita, sabía, por haberlo vivido en carne propia, del dolor y del sufrimiento que la tuberculosis ocasionó a familias enteras y para la que la ciencia tenía explicaciones que apelaban a la más profunda interioridad de los individuos, a la “esencia” y al “destino”, generando impotencia y resignación frente a fuerzas sobre las que el hombre no puede actuar.

                

                La heroína de Dumas encarna, como ninguna, la clásica dicotomía de “santa y pecadora” imputada a la naturaleza femenina en la sociedad burguesa del siglo XIX. En este caso, el discurso médico esencialista tampoco estuvo ausente: el mayor número de muertes en mujeres que en varones, se le atribuyó a su “temperamento linfático” con tendencia a la languidez, estado que, en opinión de los médicos, preparaba el terreno para el desarrollo del bacilo. Una suerte de “inevitable destino”, determinado por una “constitución débil, magros ingresos con la consecuente pobreza, […] pasiones activas y excesos de todo tipo, que llevan rápidamente a agravar su débil humanidad conducida por sueños imposibles” (Barnes 1995: 39). Al fatalismo original de la mujer y a causa de él, algunos le agregaron, poniendo en evidencia la condena moral encubierta, “ciertas ocupaciones públicas que ellas desempeñan y de las que el hombre está exento” (Barnes 1995: 39). Margarita Gautier representa a todas las mujeres que, forzadas a buscar su identidad en el sufrimiento mundano, bajo la promesa de redención en otro mundo, debían ser “virtuosas y encantadoras”. Tal como lo dijo su creador A. Dumas , ella es “la virgen que un azar hizo cortesana y la cortesana que un azar convirtió en la virgen más pura y amada” (Dumas 1985: 69). Ese azar es la tuberculosis, y hace toda la diferencia, porque más que una enfermedad es su condición y su destino al cual debe resignarse porque es inevitable. Margarita acepta la muerte de la misma manera que había aceptado su  destino de mujer, cuando dos veces en la vida intenta reintegrarse a la sociedad, pero nunca es aceptada. Al comprender que su amor, por verdadero que sea, no puede cambiar su estatus a contrapelo de la moral burguesa, comienza la tragedia: vuelve a la prostitución en París, y apura el desenlace para superar el duro trance que significa la renuncia al amor. […] Dos meses después de expresar su “esperanza de matarme a toda prisa”, se cumple su más amargo deseo, dando cuenta, una vez más de la asociación entre tuberculosis y las pasiones tristes.

 

 



[1] Este escrito es parte de mi artículo  publicado con el título “La tuberculosis y su doble función estética durante el siglo XIX y principios del siglo XX. Un debate abierto”, en la Revista de Letras N° 9; Facultad de Humanidades y Artes; Año 2004; pp. 223 – 42.

 

Bibliografía utilizada 

·        Barnes; D.; The Making of a Social DiseaseTuberculosis in Nineteenth Century France; California University       Press; 1995.

·        Dumas; A.; (h) La dama de las camelias; Madrid: Sarpe; 1985.

          Pati; A.; Una enfermedad romántica; Rosario: e(m)r; 2006.


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Amalia Pati es médica clínica y licenciada en letras. Colaboradora de la revista de Letras de la Facultad de Humanidades y Artes - UNR y coordinadora de esta edición. Obtuvo el segundo Premio en el Primer Concurso Municipal de Ensayo 2005 con el ensayo: La tuberculosis y sus “metáforas” en el siglo XIX y principios del siglo XX: un debate abierto. Correspondencia a: amaliapati2014@gmail.com